Arte y Literatura

ARTES PLASTICAS ELHECHIZO DEUN Río
Por J.M. Taverna Irigoyen

El hombre vive su región de maneras diversas, pero indubitablemente todo creador aún el
que en apariencias está alejado de las sujeciones temáticas se ve influenciado por las fuerzas del entorno geográfico.
A veces, para él, para el enriquecimiento o definición de su obra, son voces más o menos audibles las que caracterizan este lIamado telúrico.
Otras, en cambio, sólo son sugerencias, disparadores que tienden a sumarse a
razones conceptivas más complejas, pero que sin embargo conservan no pocas de
las imponderabilidades que da el sentimiento del paísaje nativo.
País de regiones netamente caracterizadas, la Argentina puede reconocer sin esfuerzo no sólo una literatura vernácula, con expresiones distintas en cuanto a referendas zonales, sino también movimientos musicales y plásticos de real autonomía. Así, la pintura del noroeste argentino ofrece particularídades que le son indiscutibles, a partir de la luz, frente a las regiones de Cuyo o del Litoral, tanto como la música de esas mismas
regiones impone una sin copa y un cantar totalmente propios y diferenciables.

cap 16

 

Nuestro Litoral está marca- do por el río. Un río en el que se ensamblan las formas transfiguradas del paisaje, los seres que lo animan, sus vertientes mágicas o de secretas ascendencias, la vibración de una atmósfera propia, la secuencia de símbolos. Se
ha hablado más de una vez, en tal orden, de la paleta del Litoral: concepto configurador de una luz-color y un espacio sensible de singulares modulaciones. El Paraná es el gran protagonista de ese espacio en el que se interpenetran islas y riachos, deltas y lagunas, arenales y altos cielos.
Un presupuesto visual que, por sobre pintoresquismos, alcanza un substrato sensorial y sensitivo inmenso,que ha sido captado por varias generaciones de artistas de
la región.
Ese río que no es necesariamente azul, como tampoco es ver de su fronda. Río que, por sobre matices, ofrece todas las facetas y rostros no sólo del agua que fluye, sino del dramatismo de sus crecientes, de las inundaciones, de las sequías que lo desnudan y lo
hieren.
La región, por sobre nombres, ha dado nobles artistas que se sintieron convocados por esas aguas, por la gente que vive en sus riberas. Desde la primera generación de pintores de Santa Fe, el Paraná y sus islas tuvieron protagonismo propio. Pero no sólo santafesinos; también entrerrianos y correntinos se sintieron atraídos por esas aguas que bajan de Brasil, que tocan el Paraguay  y llegan a un Río de la Plata caudaloso como un mar. Artistas de formación vernácula, quizá; pero también de visión más amplia,
que han sabido (y logrado) proyectar a ese río a una dimensión universalista.
Algunos lo entendieron como un escenario. O una ventana.
Otros, lo reinterpretaron desde otros ángulos perceptuales y generaron casi por extensión o consecuencia su sentido como una fuerza, como una celebración de la naturaleza, como un vínculo de pueblos y de gente anónima.
Todas las corrientes expresivas, los istmos más opuestos fueron posibles para canalizar ese río desde la visión plasticista. Y aun grupos de jóvenes, lo tomaron para definir situaciones que ese río producía en la región, como la dramática singular de las inunda-
ciones.
César López Claro, Ricardo Supisiche, César Fernández Navarro, Matías Molinas, entre tantos más, depositaron su énfasis sobre ese Paraná de islas tan sometido -a veces- a la práctica diletante.
Cada uno, más que su interpretación, generó espacios propios para ubicar el mundo del río. Espacios para contenerlo y para proyectar lo sensorial y sensitivamente. Los arenales de Fernández Navarro (a veces más guadalupanos) y la gente ribereña. Los pescadores
de López Claro yesos cielos casi expresionistas. La dimensión metafísica de Supisiche, sugiriendo la ya apuntada universalización del paisaje. Los bañados de
Molinas y esas mágicas figuras, recortadas. de blancos y víoláceos.
El hechizo de un río al que caen artistas de los más opuestos lenguajes, de las generaciones más diversas. De Carlos Enrique Uriarte a Norma Guastavino, de Juan Arancio a García Carreras; de Enrique Estrada Bello a Francisco Puccinelli; de Juan Grela a Oscar Elías Gigena. En la corriente de sus aguas. En el palpitar de sus gentes.

cap 2

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LITERATURA

LA TRADICióN Y EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS
Por Enrique Butti

“Augusto Paraná, sagrado río primogénito ilustre del océano, que en el carro de nácar refulgente, tirado de caimanes, recamados de verde y oro, vas de clima en clima, de región en región, vertiendo franco, suave frescor y pródiga abundancia .. “,
Así comienza la extensa “Oda al Paraná” de uno de los primeros poetas argentinos, Manuel José de Labardén (o, indistintamente, Lavardén), nacido en Buenos Aires en 1754. La ampulosidad retórica y la recurrencia a mitos clásicos condice con la inmensidad del tema. Una poética del estupor que se prolonga en el tiempo, unida al afán por apropiarse del fenómeno: “Sagrado río, émulo glorioso del vasto mar en donde te sepultas .. “, reza Fray Cayetano Rodríguez (1761-1823) y José Mármol (1817-1871): “¿No sentís un torrente bramar, sin orillas, ni luz, ni horizontes, donde absorta la sien, de los montes mira rayos y pueblos rodar?”.
Tendrían que pasar muchos años para que esta poética del estupor se hiciera íntima como
en el célebre inicio del poema de Carlos Mastronardi: “Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre; sus costas están solas y engendran el verano; Quien mira es influido por un destino suave cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado”.
La literatura del Paraná empieza desde luego con las ricas crónicas de los primeros viajes, que meticulosamente rastrearon y estudiaron entre nosotros Agustín Zapata Gollán, José Luis Busaniche y José Luis Víttori.
“El río que llamamos Argentino” Del indio Paraná o mar llamado, de norte a sur corriendo
su camino En nuestro mar del es influido por un destino suave cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado”.
La literatura del Paraná empieza desde luego con las ricas crónicas de los primeros viajes, que meticulosamente rastrearon y estudiaron entre nosotros Agustín Zapata Gollán, José Luis Busaniche y José Luis Víttori.
“El río que llamamos Argentino”; Del indio Paraná o mar llamado, De norte a sur corriendo
su camino En nuestro mar del es influido por un destino suave cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado”.
La literatura del Paraná empieza desde luego con las ricas crónicas de los primeros viajes, que meticulosamente rastrearon y estudiaron entre nosotros Agustín Zapata Gollán, José Luis Busaniche y José Luis Víttori.
“El río que llamamos Argentino”; Del indio Paraná o mar llamado, De norte a sur corriendo
su camino En nuestro mar del norte entra hinchado; Parece en su corriente un torbellino, ojo tiro de arcabuz apresurado”, escribe Del Barco Centenera en el poema que dio nombre a nuestro país.
Sí, muchas aguas turbias y ensayos de palabras debieron pasar para que la celebración
se hiciera sutil en los versos de Juan L. Ortiz: “Fui al río, y lo sentía cerca de mí, enfrente de mí”;
Las ramas tenían voces que no llegaban hasta mí. La corriente decía cosas que no entendía; Me angustíaba casi. Quería comprenderlo, sentir qué decía el cielo vago y pálido en él con sus primeras sílabas alargada; pero no podía; Regresaba¿Era yo el que regresaba? en la angustia vaga de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas; De
pronto sentí el río en mí, corría en mí con sus orillas trémulas de señas,con sus hondos reflejos apenas estrellados; Corría el río en mí con sus ramajes; Era yo un río en el anochecer, y suspiraban en mí los árboles, y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, ¡me atravesaba un río!”.
Toda una tradición literaria fue necesaria para conformar este terreno de aguas y para que el paisaje se hiciera cotidiano, de costumbrista a acostumbrado hasta en los sueños. Para que Mateo Booz escribiera “Los inundados” y para que una narrativa
encontrase voces personalísimas en el habla ondulante, desde la versión cruda y melodramática de Diego Oxley, a una conciencia literaria que acopiaba las más
lúcidas y razonadas experiencias de renovación formal del siglo XX (Faulkner y Pavese, especialmente por su atención al idiolecto de una escenografía definida, pero también Proust y Joyce, y Kafka), dando curso a los libros de Lermo Balbi o de Juan Saer, junto con
los de quienes, como José Vírtori, siguen escribiendo sustentados
en esa iridiscente pero firme tradición.
Desde luego, esa aura excede la localización y radicación de sus creadores. Baste recordar
dos novelas cumbres argentinas que nos pronuncian: la del río Paraná y las dos fundaciones de Santa Fe en “Río de las Congojas”, de Libertad Demitrópulos, y el cauce ya mítico de “Zama”, de Antonio Di Benedetto. Para no ir más lejos (hasta en la lengua) para encontrar “La tercera orilla del río”, el inigualable cuento del brasileño Joao Guimaraes Rosa.
Quienes escribimos ahora a la vera o de espaldas al río contamos ya con una biblioteca de
una riqueza tan fulgurante, y a menudo tan poco explorada y sin embargo tan sabida y descontada como el terreno de aguas vivida por los aborígenes originarios.
Ese es a menudo nuestro estupor. Somos a la vez deudores y acreedores de ese tesoro. “De pronto sentí el río en mí.,”. Somos del río y somos el río, esa corriente que Una muno imaginó venir del futuro, no ir hacia el mar que es el morir. Una biblioteca nuestra, pequeña e inmensa a la vez, nos acompaña. Aunque escritores y lectores siempre estemos
solos intemándonos en el corazón de las tínieblas.

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J.M. Tavema Irigoyen es médico, crítico de Arte, escritor. Presidente
de la Academia Nacional de Arte. Su último libro es: “Fragancia de
magnolias” (UNL).
Enrique Butti es escritor y periodista cultural. Su último libro es: “El
novio” (El Cuenco de Plata).

 

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